RETRODEZCAN

Este imperativo es del todo incorrecto pero me resulta más contundente que el original RETROCEDAN. Por lo tanto, si la Real Academia de la Lengua Española me lo permite, desde hoy en adelante haré uso exclusivo de él.
Con RETRODEZCAN pretendo dar a conocer parte de mi obra pictórica, escultórica, fotográfica y, en menor proporción, literaria y, a la vez, mantener una corriente de opinión sobre los acontecimientos de naturaleza artística de hoy día.
Espero que tomeis la sabia decisión de manteneros a una distancia prudencial de mis opiniones aquí vertidas que no siempre tienen por que ser del agrado de la mayoría; ¿o, sí?

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sábado, 14 de abril de 2018

SUEÑOS DE PRIMAVERA

Dormir de prisa esperando que  así un día amanezca más temprano que de costumbre no conduce absolutamente a nada. Lo tengo comprobado. En realidad, me imposibilita aprovechar el día en la medida que yo había previsto la noche anterior y cuyas consecuencias se traducen, una vez despierto, en la falta de sueño que me provoca haber tomado tan drástica decisión y que luego he de compensar con una larga y pesada siesta después de comer. Sin embargo, es a lo largo de estas soporíferas siestas cuando recupero de nuevo el hilo de los sueños padecidos durante la noche anterior para continuar hilvanándolos con los nuevos de mediodía con la infinita esperanza de alcanzar un final feliz que me convenga del todo pero que, desgraciadamente, nunca termina de llegar. 

-Pruébalo de nuevo, -me aconseja mi propia imaginación-, porque cuando consigas que un día pueda amanecer más temprano para ti que para el resto de los mortales, será justo el momento en que logres alcanzar esa felicidad con la que siempre has estado soñando y todos tus deseos acumulados se verán al fin cumplidos a partir de ese nuevo y temprano amanecer.

He llegado a comprobar que mi imaginación supera con mucho mi propia ignorancia porque por fin he alcanzado a comprender que no por dormir de prisa amanece más temprano sino que la tierra al girar y como consecuencia de su movimiento de rotación, para muchos como yo comienza a amanecer antes que para otros muchos mortales.

Sólo me queda un único consuelo, que dando por sentado que por dormir deprisa amanece más temprano, no tendría que competir con todo el grueso de la humanidad sino sólo con aquel sector de población que se encuentre en mí mismo huso horario y eso, de verdad, sí que me consuela enormemente ¡Uf, qué alivio!

miércoles, 28 de marzo de 2018

LA LÍNEA DEL HORIZONTE

A juicio del  anónimo transeúnte, aquel hombre llevaba ya más de una hora con el brazo levantado, haciendo visera con la mano extendida, apoyada sobre las cejas y oteando con suma atención la línea del horizonte marino que se dibujaba en la distancia sin el menor indicio de sentir cansancio en el brazo flexionado.

Sólo por curiosidad, el transeúnte se acercó prudentemente al oteador para preguntarle:

-Perdone ¿No se cansa Vd. de permanecer en esa postura tan incómoda durante tanto tiempo?

-En absoluto. Si Vd. fuera tan observador como por las circunstancias que me encuentro soy yo ahora, habría advertido con facilidad que lo que pasa en realidad es que tengo el brazo escayolado en esta posición debido a un grave accidente de tráfico sufrido en moto hace ya un mes y, cuando salgo, suelo disimularlo de ese modo tan audaz, oteando siempre el horizonte. 

-Lo siento, créame.

-No tiene ninguna importancia. Lo que sí puedo asegurarle es que sobre horizontes se todo lo que hay que saber sobre el tema. ¿Sabía Vd. que cualquier horizonte es del todo inalcanzable? ¿Qué tan sólo se trata de una quimera? De modo que si, por ejemplo, ahora yo doy un paso hacia adelante en dirección al horizonte que estoy presenciando, ese horizonte ya no será el mismo del de hace sólo un momento. También habrá sido sustituido por otro nuevo sólo que un paso más lejos, con lo cual, queda del mismo modo establecido que no existen horizontes lejanos ni tampoco de grandeza, sino sólo uno y a la misma distancia siempre de todos nosotros.

-Interesante, nunca me lo había planteado.

-Es más, ahora estoy tratando de establecer la distancia exacta, en este caso en millas marinas, que existiría desde nuestras pupilas hasta la línea del horizonte que percibimos. Imaginemos que coincidiendo con la delgada línea del horizonte que ahora se dibuja a lo lejos pudiéramos colocar una enorme baliza. Pues bien, si midiéramos la gran distancia que dista entre nosotros y la baliza, obtendríamos el resultado en millas que nuestra vista sería capaz de alcanzar en condiciones favorables y de manera invariable, ¿no le parece?

-Dicho así, no me cabe la menor duda, ¡claro!

Siempre que no cambiemos de lugar, no existen por lo tanto nuevos horizontes sino que se trata del mismo que se prolonga en función no sólo de la curvatura de la tierra sino también de la altura donde nos encontremos: en el mar, en el desierto, en las llanuras, en las montañas, sobre los acantilados, etc. pero siempre, en cualquier caso, inalcanzable para cualquiera de cada uno de nosotros. De modo que los llamados  “nuevos horizontes” nunca podrán ser sinónimo de “nuevas metas” que sí serían siempre las que pretenderíamos alcanzar y en ocasiones conseguir a lo largo de nuestra más que azarosa vida.

Lo que sí se puede afirmar es la existencia de un horizonte común para todas aquellas  personas que coincidan en un mismo lugar, independientemente de que se hayan puesto de acuerdo entre sí o no, de más o menos la misma estatura, del credo que profesen, del color de su piel, del sexo y de la edad. Lo único que sería exigible para todas ellas es que conservaran el sentido de la vista.

miércoles, 10 de mayo de 2017

VIOLENCIA DE GÉNERO ACCIDENTAL

Cuando llegaron los del SAMUR, el cadáver del anciano, de unos ochenta y cinco años de edad aún permanecía sentado, inmóvil y con los párpados cerrados, levemente apoyado en el respaldo del extremo del sofá y cubierto desde los tobillos hasta la cintura con una sencilla mantita inglesa de pic-nic de tonos rojos y beiges a cuadros. Certificaron su muerte de inmediato para, acto seguido, solicitar con suma discreción la presencia de un inspector de policía y éste, a su vez, la del juez. Mientras tanto, la mujer del difunto, sentada junto al teléfono, lloraba en silencio su desconsuelo esperando el inminente levantamiento del cadáver.

Ante la presencia del juez, el inspector de policía relató con todo lujo de detalles las circunstancias y los pormenores habidos en aquella extraña pareja de ancianos que hasta hoy habían permanecido juntos más de sesenta años y sin hijos habidos en su largo matrimonio.

Una vez ya jubilados, Dora y Samuel decidieron, de común acuerdo, retirarse a vivir a aquel noveno piso de un silencioso y limpio edificio urbano ubicado en una zona tranquila del centro de la ciudad. No les faltaba de nada de lo que pudieran haberse arrepentido con su decisión conjunta. Disponían de calefacción, aire acondicionado, lavadora, secadora, lava platos, radio, conexión a Internet, ordenador, teléfono móvil, etc., etc. y lo que era aún mucho más importante para ellos: una ventana abierta al mundo exterior en forma de televisor.

La mayor parte del tiempo, si exceptuamos el empleado en sus más íntimas necesidades y las horas de sueño nocturnas, Dora y Samuel, pasaban, prácticamente, el resto del día frente al televisor encendido. Así llevaban más de veinte años, sin ni siquiera salir a la calle aunque, a veces, sí al balcón. Casi todos sus menesteres, menos las fisiológicos y más perentorios, -claro está,- eran solucionadas satisfactoriamente por teléfono o Internet, bien para solicitar comida a domicilio, productos de limpieza para el hogar o resolviendo problemas bancarios pendientes desde casa. Todo lo que sabían del mundo exterior en los últimos veinte años se lo proporcionaban cada día los telediarios, los concursos, las entrevistas, los documentales, las películas, los deportes, etc., etc. emitidos por las  distintas cadenas de televisión tanto nacionales como extranjeras.

Aquel último día, al parecer, un simple trámite bancario no había ido todo lo bien que el matrimonio hubiera deseado por lo que el santo Samuel se sintió en la obligación de tomar la apresurada decisión de personarse aquella misma mañana en las dependencias de su entidad bancaria después de veinte años sin pisar la calle. Madrugó y se dispuso a salir mientras Dora, como siempre pero hoy sola, se sentaba a primera hora de la mañana en el sofá frente al televisor, dispuesta a ver y escuchar a Ana Rosa. ¡Ten mucho cuidado! –le sugirió a gritos a su marido cuando éste ya salía por la puerta del piso.

Samuel regresó muy tarde. Estaba a punto de finalizar el telediario de las nueve en TELECINCO y  después de un ¡hola querida!, se dejó caer rendido en el sofá junto a su mujer que, sin apenas saludarle siquiera, permanecía muy pendiente de un último trágico suceso acaecido aquella tarde y que por haber sido interrumpida en ese instante su atención por las insistentes quejas proferidas en voz alta por su marido,  enojado como estaba con el proceder del banco, no había acabado de entender del todo. En un rápido acto reflejo, inclinándose de pronto hacia adelante para intentar oír aún mejor, Dora había extendido el brazo y apoyando la palma de la mano en la boca de Samuel, -lo que obligaba a éste a callar de inmediato y a permanecer inmóvil entre su mano y el respaldo del sofá-, intentaría, sin ningún éxito, enterarse de la tragedia anunciada en el mismo instante en que el locutor de turno, Pepe Ribagorza, daba paso obligado a la sección de deportes del día.

Visiblemente contrariada por no haber obtenido la información deseada, levantándose de improviso, decidió retirarse a dormir no sin antes, creyendo a Samuel profundamente dormido, cubrirlo con su mantita de pic-nic hasta la cintura mientras aún continuaba sentado.

A la mañana siguiente, Dora, al despertar, echó en falta la presencia de su marido en la habitación. Habrá madrugado, -se dijo-, y como de costumbre, se dirigió a la cocina y preparó, como cada día, café caliente y tostadas para dos. Se presentó luego con el frugal desayuno en el salón donde Samuel aún permanecía, supuestamente dormido, sentado en el sofá, apoyado contra el respaldo y la mantita inglesa sobre sus rodillas frente al televisor apagado. De pronto, ella temió lo peor y acertó.

El inspector de policía, a instancias del médico forense, intentando atar cabos sueltos en la investigación, solicitó a TELECINCO una copia de la programación del telediario de la pasada noche logrando sincronizarla con la hora aparente del óbito de Samuel y que luego reflejaría en el informe policial con el siguiente resultado:

“Antes de pasar a la sección de deportes nocturna, TELECINCO, a través de su presentador Pepe Ribagorza, se hacía eco de un nuevo caso de violencia de género en la capital que Dora no tuvo oportunidad de escuchar ayer por culpa de las quejas en voz alta de  su marido a pesar de que ésta, en su intento de enterarse de la noticia, le tapase inocentemente la boca para interrumpir su agitado discurso. Los responsables del SAMUR, a través del médico forense, certificaron con rotundidad la silenciosa muerte de SAMUEL por asfixia pero su mujer sería la última en enterarse”  

martes, 9 de mayo de 2017

CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA

El arma blanca aparentemente homicida, con toda probabilidad, habría pertenecido al jefe indio Toro Sentado (Sitting Bull) pero en aquel entonces en que los niños nos convertíamos a diario en indios siouxs, apaches, comanches, pies negros, etc., etc., no existían enemigos tan peligrosos ni codiciosos como pudieran serlo en este siglo rostros pálidos tan conocidos como Rodrigo Rato, Miguel Blesa, Luis Bárcenas, Ignacio González, Francisco Granados y tantos otros culpables de esquilmar a las naciones indias infantiles que, en nuestros juegos, cubiertos de plumas, representábamos con tanta dignidad.



Hasta tres puñaladas consecutivas logró el agresor asestarle en el costado con aquel sencillo cuchillo de goma que aún guardaba desde que era niño como regalo de Reyes que recibiera de sus padres en su día y que ahora, -después de más de cincuenta años-, había utilizado blandamente y sin reparos para intimidar de muerte necesaria al célebre estafador Rodrigo Rato. 

Hasta tres veces el cuchillo se había doblado sobre sí mismo por su condición de simple juguete infantil relleno de aire pero la víctima, aterrorizada, supuso que le habían perforado el hígado o el intestino delante mismo del cajero automático del que, sólo hacía unos segundos, había logrado extraer con suma facilidad quinientos euros en un solo y rígido billete. Mientras Rato se palpaba perplejo el abdomen, el agresor blandía el largo cuchillo de goma teñido de aluminio ante el macilento y desencajado rostro de la víctima al tiempo que le advertía seriamente que la próxima vez sería con otro muy distinto y eficaz, de acero inoxidable, limpio y totalmente rígido. Aun así, el agresor, un corpulento funcionario público jubilado, no dudaría en reclamarle para sí aquel rígido billete de quinientos que la víctima, momentos antes, ya se había guardado celosamente en su lujosa cartera.

En la esquina más próxima al cajero, otros cuatro sonrientes jubilados, pertenecientes todos ellos a la misma banda, esperaban impacientes el feliz desenlace de la acción llevada a cabo por su aguerrido compañero con la esperanza de repartirse a partes iguales el preciado botín obtenido con tanta aparente facilidad a razón de cien euros para cada uno de ellos.

viernes, 30 de diciembre de 2016

ETERNA JUVENTUD

Desde siempre, el tema sobre la eterna juventud ha preocupado al hombre. La diferencia es que hoy esa juventud eternamente anhelada por muchos ya se puede comprar gracias a los avances de la medicina en materia de cirugía plástica. Muy atrás han quedado los pactos  mantenidos por algunos con el diablo para lograrla pero la Historia nos confirma todavía, a través de la literatura, que esa exigencia se ha mantenido vigente hasta nuestros días. En sus METAMORFOSIS, Ovidio trata ya el tema del mito de Narciso. En la leyenda clásica alemana, FAUSTO entrega su alma al diablo a cambio del conocimiento ilimitado. Por último, Oscar Wilde retoma el tema de la eterna juventud en la célebre novela EL RETRATO DE DORIAN GRAY para lograr el mismo propósito.

Desde el punto de vista no sólo psicológico sino también físico, la cirugía plástica ha contribuido en muchas ocasiones para aliviar,  implantar, corregir, etc., ciertas deficiencias anatómicas que atormentan profundamente a quienes las padecen, que son muchos: corrección del tabique nasal para, por ejemplo, respirar mejor pero también por una óptima armonía respecto del rostro a criterio del propio perjudicado. Lo mismo ocurre con las orejas, intervenidas quirurgicamente para cerrar el ángulo respecto al eje de la cabeza, los labios, aumentados de volumen para aparentar mayor sensualidad. Y qué decir de la dentadura, perfectamente atornillada a las encías gracias a las nuevas técnicas odontológicas, ya no sólo para garantizarnos una perfecta masticación de los alimentos sino que, como elemento estético,  poder presumir también de una brillante, blanca  y sana sonrisa. No hablemos ya de los pechos y las nalgas que casi se pueden exigir sin ninguna dificultad ni riesgo incluso por catálogo.

A todo esto, en cierta ocasión, mientras aún estudiaba Bellas Artes en Barcelona, tuve la oportunidad de confesarle a cierta señorita que pese a su juventud me parecía poseedora de una extraordinaria madurez. La joven me sonrió amablemente argumentando que si bien su madurez, con toda probabilidad,  se debiera a su verdadera edad, su lozanía, belleza y juventud, sin embargo, eran consecuencia, simplemente, del fruto en los avances conseguidos por la ciencia en materia de cirugía plástica a la que, por otra parte, se había sometido recientemente en una reputada clínica de la ciudad condal. Confieso que su respuesta me cogió del todo por sorpresa pero mayor sorpresa aún me llevé cuando al preguntarle por los sentimientos que le habían llevado a tomar tan drástica, a mi juicio, decisión, me contestó lo siguiente:
 

-Simplemente, me gustaría morir todavía joven.




lunes, 19 de diciembre de 2016

MÓVIL DE ÚLTIMA GENERACIÓN



EL TELÉFONO MÓVIL (por razones más que obvias omitimos citar la marca del aparato)










Como cada mañana, sobre todo después de haberse comprado aquel último modelo de teléfono móvil, lo primero que se propuso  antes de salir de casa fue hacerse un SELFIE junto a la ventana, luego activó las teclas en mayúsculas D y P como precaución  y acto seguido se guardó el aparato en el bolsillo superior de la camisa.
Una vez en la calle, emprendió el camino de costumbre  hacia su trabajo por la acera todavía poco transitada, bajo un tibio sol de primavera. Al doblar la primera esquina se dio de bruces con alguien de aproximadamente su edad que a punta de navaja le exigía en voz baja la cartera y, por supuesto, el móvil de última generación que se intuía a través de la transparencia de su camisa de verano. No opuso resistencia, no obstante, el asaltante, antes de abandonar el lugar con el botín, en previsión de una posible persecución, se daría el gusto de pincharle en el costado con tanta habilidad que, aparte del pánico,  le provocaría además un hilo de sangre lo suficientemente abundante como para, ante su visión, conseguir su desmayo inminente. Mientras perdía la conciencia, la victima esbozaba una maliciosa sonrisa que mantuvo todo el tiempo hasta que fue debidamente auxiliada.
Ya en su territorio, el agresor, cobijado bajo la sombra que proporcionaba un viejo platanero de su barrio, examinó a fondo la cartera y extrajo de ella sólo lo que le interesaba: veinte euros, abandonando el resto en una papelera próxima. Regresó de nuevo bajo la sombra del platanero y se dispuso a estudiar a fondo la valiosa joya  de última generación aprehendida.  Acercó la pantalla para observar mejor y activó un ON en el teclado. De pronto, la superficie se iluminó en silencio. Dispuesto a marcar un número al azar, de manera negligente pulsó el primer dígito y, automáticamente, el móvil, al no reconocer a su auténtico propietario frente a la pantalla, explosionaría entre sus dedos con tanta  intensidad que le volaría violentamente dos de ellos de su mano derecha, provocándole tal hemorragia que terminaría tiñendo de rojo la moteada corteza del tronco del viejo platanero bajo el que se cobijaba mientras su rostro también resultaba fatalmente perforado en toda su superficie por la micro-metralla generada por el propio aparato al desintegrarse del todo y que le dejaría, para el resto de su vida, serias secuelas  en la piel.
Las siglas D y P corresponden a DEFENSA PERSONAL


viernes, 9 de diciembre de 2016

VALIJA DIPLOMÁTICA



RELATO DE FICCIÓN INSPIRADO EN EL ÚLTIMO ACCIDENTE AÉREO OCURRIDO EN COLOMBIA.


                                                    I

Para quiénes se hallasen próximos, el ruido hubiera resultado ensordecedor. En el fondo del valle, una joven pareja de campesinos había creído oír los motores de un avión volando bajo hasta que el brutal e inesperado  impacto del aparato en la cima de la cordillera llegó hasta ellos con suma nitidez aunque  amortiguado por la distancia que les salvaba y reverberado casi tres veces por el eco.

El marido calculó la distancia del supuesto accidente  por la cantidad de veces que el eco se había pronunciado; según sus cálculos, el siniestro se habría producido a unas seis horas de marcha a pie desde su humilde cabaña situada en las profundidades de aquel angosto valle.

Mientras su joven esposa preparaba unas mantas, algo de comida y agua para socorrer a los posibles heridos, su marido colocaba los arreos en el mulo que habría de transportar la intendencia hasta el lugar del siniestro con la sana intención de prestar ayuda a los supervivientes, si los hubiere. Aún no eran las nueve de la mañana cuando partieron montaña arriba a través de un peligroso sendero que apenas ellos mismos sí conocían pero que les  resultaría ser el más idóneo hasta llegar a la cima de la cordillera.

Al cabo de, aproximadamente, tres horas de lenta y penosa ascensión, cuando supuestamente habrían recorrido ya la mitad del camino que les separaría del avión siniestrado, advirtieron a lo lejos una oscura silueta que descendía lentamente, a trompicones, por la ladera de la montaña en dirección al valle desde donde ellos habían salido de mañana. Para entonces era ya mediodía.



La pareja aprovechó tal circunstancia para descansar un poco mientras el desconocido, a duras penas, se aproximaba hasta ellos visiblemente esperanzado. Sus ropas hechas girones y su penoso estado, hacían suponer, a pesar de conservar consigo el negro maletín desde que abandonara el lugar del suceso, que se trataba de un sobreviviente del lamentable accidente ocurrido. Según confesaría al llegar, el único sobreviviente del conjunto de pasajeros y tripulación de la aeronave ahora siniestrada.

El sol se encontraba ya en su cenit. Tras cubrirle la cabeza con un sombrero de paja, le proporcionaron algo de bebida y comida y arropándolo con una de las pesadas mantas que habían traído consigo le hicieron sentar un rato. Tras el breve descanso, le subieron a lomos del mulo y comenzaron el descenso hacia la vivienda en el fondo del valle donde recibiría cobijo y primeros auxilios hasta la llegada en su momento de los equipos de rescate. Le destinaron un viejo catre junto a la cocina, cerca del fuego, y el pasajero, bajo los efectos aún del schock sufrido, maltrecho y cansado, se quedó profundamente dormido al calor del hogar sin ni siquiera haberse desprendido del negro maletín que le había acompañado hasta allí.

Una vez se hubo dormido, la pareja se dirigió al cobertizo dónde, después de librarlo de sus arreos, abandonaron al mulo a su suerte ante una paca de heno fresco.

-Ese maletín debe contener algo muy valioso para que lo tenga asido todo el tiempo, pensaba  en voz alta el marido aunque dirigiéndose a su mujer.

-¿Tú crees? –respondió ella.

-Sí, -asintió el marido gravemente-.  Habrá que hacer algo si finalmente queremos salir de aquí para siempre.

-Y….. ¿Qué piensas hacer? –preguntó ella temiéndose la respuesta.

-No lo sé aún, pero lo que haya que hacer, –sentenció el marido-, ha de ser cuanto antes, antes de que los equipos de rescate localicen el lugar del siniestro y se presenten en la cima.

Silencio.

-Tú aguarda aquí, -inquirió de pronto el marido-, y sin pensarlo dos veces, salió del cobertizo, cruzó el patio de tierra y entró sigiloso en la cocina. El pasajero dormía profundamente pero los nudillos de su mano derecha blanqueaban por la presión ejercida sobre el asa del negro maletín que sostenía. Un maletín con el doble de profundidad que un maletín convencional. Atravesó la cocina hasta el dormitorio y regresó de nuevo con una gruesa almohada de matrimonio. Sin hacer el menor ruido, acercándose hasta la cabecera del catre, se dejó caer de improviso sobre el cuerpo dormido del hombre  con la almohada por delante, entre su pecho y el apacible rostro de su víctima que  bajo el peso del joven campesino apenas si pudo ni tuvo tiempo de reaccionar. El pasajero se agitaba con cierta dificultad sin poder librarse de la fuerte presión que ejercian sobre él. Tras unos cinco minutos de endeble forcejeo había fallecido. Su mano se abrió con lentitud y el maletín se deslizó  con suavidad sobre la manta hasta caer pesadamente contra el suelo de madera de la cocina.

Desde el cobertizo su mujer  oyó el golpe  y, de improviso, se presentó allí.

Haciendo caso omiso del muerto que aún continuaba tendido sobre el catre en decúbito supino con la almohada prensada sobre el rostro, la mujer consiguió por fin abrir el dichoso maletín. En su profundo interior aparecieron, como por encanto, cientos de fajos de billetes de quinientos euros que suponía una grandísima fortuna para alguien que como ellos nunca tuvieron nada.

-Hay que darse prisa, -dijo él-.  Apaña una funda grande de almohada, introduce en ella todos los fajos de billetes, átala por un extremo y escóndela bajo las tablas del piso de la cocina. Yo cargaré el cadáver junto al maletín sobre el mulo y partiré al amanecer hasta la cima donde los depositaré entre los restos del avión siniestrado. Espero que mientras tanto no aparezcan los servicios de rescate.

¿A qué horas volverás? –preguntó tímidamente la mujer.

-Entre ir y volver me llevará unas doce horas, -calculó el marido. Si salgo antes del amanecer, como tengo previsto, estaré de regreso sobre las seis de la tarde.

Con las primeras luces de un nuevo día, el campesino ya había cargado el mulo con el negro maletín y el cadáver envuelto en una manta. Desayunó antes de partir y se dispuso luego a iniciar el largo camino que les llevaría hasta la cima. Su mujer le saludó desde el porche mientras él se ponía en marcha tirando como siempre del mulo con  el   muerto y su maletín vacio a cuestas.

Llegaron cansados pero sin novedad alguna. En la cima el panorama resultaba visiblemente desolador. Por fortuna los cadáveres no habían entrado aún en descomposición y se respiraba el sano aire de la cordillera en medio de un silencio local dentro de otro silencio mucho más denso y algo más cósmico: el que proporciona la salvaje naturaleza a esa altitud. Decenas de cuerpos mutilados se hallaban esparcidos en doscientos metros a la redonda, maletas destripadas con las vísceras de algodón, lana, tela, cartón, etc.,  muchísimos zapatos de un solo pié,  trozos de plásticos de todos colores, botellas rotas, asientos desperdigados por doquier con algunos cadáveres sentados cómodamente todavía en ellos, reactores fracturados, el tren de aterrizaje reventado y cientos de piezas del aparato repartidas por la vasta superficie de la cima además de la mayor parte del fuselaje. Sólo una pequeña parte de él se conservaba en buen estado, con sus tres o cuatro ventanillas intactas y algunos asientos  en perfecto orden fijados en su interior.

Se dio prisa y depositó el cadáver junto a otro en cuyo costado se encontraba un mediano cojín de color azul. Junto al cojín dejó caer el maletín abierto y se alejó del lugar  a lomos de su mansa cabalgadura en dirección al profundo valle donde le aguardaría impaciente su mujer para cenar hoy en la modesta mesa de la cocina bajo cuyo suelo de tablas escondían la solución perfecta a un ansiado porvenir.



                                                   II



Sólo después de recobrado el conocimiento, al conseguir zafarse al fin del cinturón de seguridad que lo mantenía fijado al asiento en el único trozo de fuselaje que había quedado en perfecto estado tras el brutal impacto inicial, fue  cuando tomó verdadera conciencia de la gravedad de lo ocurrido. No pudo creer que fuera el único pasajero en haber          resultado ileso de tan aparatoso accidente.  Por fortuna, el combustible debió haberse agotado durante el vuelo, lo que habría evitado, para su suerte, el posterior incendio del aparato. Antes de salir al exterior, se tomó un tiempo prudencial para reflexionar y cerciorarse de que no habría sufrido ninguna fractura ni lesión de importancia que pudiera acarrearle consecuencias trágicas. No se molestó siquiera en buscar su equipaje de mano porque en esa situación lo encontraba del todo innecesario. Sus vestidos estaban hechos jirones pero comparado con la enorme fortuna que había tenido, aquello carecía de la menor importancia.

Una vez fuera, el panorama resultaba visiblemente desolador. Por fortuna, los cadáveres no habían entrado aún en descomposición y se respiraba el sano aire de la cordillera en medio de un silencio local dentro de otro silencio mayor  y cósmico: el que proporciona la salvaje naturaleza a esa altitud. Decenas de cuerpos mutilados se hallaban esparcidos en doscientos metros a la redonda, maletas destripadas con las vísceras de algodón, lana, tela, cartón, etc.,  muchísimos zapatos de un solo pié,  trozos de plásticos de todos colores, botellas rotas, asientos desperdigados por doquier con algunos cadáveres sentados cómodamente todavía en ellos, reactores fracturados, el tren de aterrizaje reventado y cientos de piezas del aparato repartidas por la vasta superficie de la cima además de la mayor parte del fuselaje. Sólo una pequeña parte de él se conservaba en buen estado, con sus tres o cuatro ventanillas intactas y algunos asientos en perfecto orden, entre ellos el suyo, que le preservaría de una muerte casi segura.

Reparó en alguien que agonizaba junto a unas rocas asido a un maletín negro de mayor profundidad que un maletín convencional al que, curiosamente, se aferraba con mayor tenacidad que a la propia vida. Se acercó en silencio y comprobó que aquel hombre, de unos cincuenta años, con múltiples fracturas abiertas en su cuerpo y traumatismo craneal severo, cuya mirada incolora parecía ver a través del cuerpo del visitante, balbucía algo que el pasajero ileso no lograba entender. El recién llegado creyó reconocer en su persona a un alto funcionario del gobierno de la nación: un embajador o un nuevo ministro quizás. Luego de arrebatarle  el maletín negro y lograr abrirlo sin dificultad,  en su profundo interior aparecieron como por encanto, aparte del título de VALIJA DIPLOMÁTICA que arrojaría entre los escombros,  cientos de fajos de billetes de quinientos euros, lo que suponía una grandísima fortuna para alguien que como él nunca tuvo nada. De pronto reparó en el cojín azul que se encontraba a su lado y tomándolo con decisión, convencido en conciencia de  ahorrarle el sufrimiento innecesario de la agonía, se lo aplicó  en la cara, presionando fuertemente de tal manera  con ambas manos  que al cabo de cinco minutos escasos había fallecido.

Antes de abandonar definitivamente el lugar, echó un vistazo alrededor para comprobar que nadie más, excepto él, continuaba aún con vida. Inició el descenso  no sin dificultad, exhausto, con el negro maletín siempre a cuestas y ante el temor de que los helicópteros de los equipos de rescate localizaran el paradero del aparato siniestrado. Al cabo de unas interminables tres horas de marcha atisbó, por fin, en la distancia a una joven pareja y su manso mulo que ascendían penosamente la cordillera con toda seguridad en su auxilio. Fue entonces cuando aliviado, mirando al cielo, pronunció estas sentidas palabras: ¡GRACIAS SEÑOR!.