Bajo el excesivo peso de tanta mala conciencia acumulada, la frágil bóveda de cristal celeste acabó por quebrarse sin que el eco sutil de su ruptura anunciara del inminente peligro como anuncia, en medio de la tormenta, el trueno la irrupción del cegador y mortal efecto del rayo.Ajenos al peligro que se les avecinaba, cientos de corazones de todos tamaños solazábanse, durante aquella diáfana mañana de domingo , sobre la fresca hierba de las praderas, de los parques, sobre las tibias arenas de las playas, de los desiertos, en los profundos valles entre montañas nevadas, mientras, sin que siquiera ninguno la intuyera, la tragedia viajaba lenta e inexorable hacia ellos.
Llovieron puñales de muerte transparente sobre la carne roja latiendo , hendiéndose con saña por entre la textura caliente de tantos órganos sorprendidos. Por ocupar más espacio, los corazones más grandes, los solitarios, recibieron la peor parte de la violencia llegada del más allá. Los más pequeños pusiéronse a salvo, como siempre, logrando sortear, con suma facilidad, el laberinto de estalactitas que no habiendo conseguido su objetivo permanecieron clavadas, enhiestas, sobre las despejadas superficies vacías ya de muerte.








