Ayer estuve con los Windsor. Me invitaron a tomar el té en su mansión de Stradford y desde las cinco de la tarde permanecí allí, en su compañía, hasta las siete. Frente a nosotros se abría una verde, silenciosa y despejada pradera, limitada sobre la línea del horizonte por un bosquecillo sin volumen, vertical, de un ocre desvaido recortado sobre el limpísimo azul celeste. El duque se interesó vivamente por como y en que medida empleaba el tiempo libre la clase trabajadora española.Yo no supe que contestar de inmediato; tomé un sorbito de te para disimular mi notable indecisión y mirando hacia el horizonte, haciendome el interesante, acerté a decir:
-Pues del mismo modo que el resto de la clase trabajadora europea , supongo, y continué con la vista siempre fija en el horizonte.
Él permaneció en silencio unos instantes antes de volver a insistir.
-Me refiero a si practican aficiones tradicionales españolas
-Naturalmente, claro que sí, -asentí con una descarada sonrisa-. Debe Vd. referirse a si aún asistimos a las corridas de toros, si lanzamos cabras vivas desde los campanarios de los pueblos, si mientras cuelgan de las patas, arrancamos las cabezas de los patos de un tirón mientras galopamos a lomos de un caballo desbocado, si corremos los Sanfermines, el toro embolado, etc. etc.
-Efectivamente, a eso me refiero, Sir Livingston -contestó el duque mientras hacía girar sobre su meñique izquierdo la delicada sortija de oro.
-Pues, sí. Que quiere que le diga -asentí dubitativo- cerrando los párpados al hacerlo. No podemos evitarlo, -agregué a modo de disculpa-.
-Mucho peor entonces que nuestra caza del zorro, que tampoco podemos evitar, a pesar de todo -dijo-.
-Desde luego -concluí yo- después de un nuevo y largo sorbo de té que me ahorraba tener que sonreir.
Sobrevino de pronto un silencio turbador.
Sin embargo y para tratar de justificar que no todo es maltrato a los animales, repentinamente alcé los brazos por encima de mi cabeza y después de un ¡Olé! que el eco se llevó hasta perderse tras el bosquecillo vertical sobre el horizonte, exclamé: ¡¡Pero también bailamos sevillanas!!.
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Pd: Echo mucho de menos a mi buen amigo Sir. Stanley aquién envio un cariñoso saludo desde la campiña inglesa.