
Con harta frecuencia suelo leer en algunas entrevistas de prensa concedidas a terceros declaraciones en las que el protagonista dice no sentirse arrepentido, -por lo menos hasta ese día-, de nada de lo hecho o expresado por él a todo lo largo de su vida.
-¡¡No me arrepiento absolutamente de nada!!, -suelen decir-,
A mi juicio, los entrevistados, con estas contundentes afirmaciones no solo demuestran una absoluta falta de modestia sino que, además, incurren en un vergonzoso acto de suprema soberbia.
Yo mismo me he enfrentado en incontables ocasiones a esta delicada consideración sobre la responsabilidad y debo manifestar públicamente que he llegado a arrepentirme de los muchísimos errores cometidos (de palabra y obra) a lo largo de mi azarosa vida. Ello no quiere decir que yo, necesariamente, exija de los demás el tan ansiado perdón que me alivie del peso de mi mala conciencia porque si bién estos pudieran haberse considerados ofendidos en su día, no por ello debieran encontrarse hoy en la obligación de concederme lo que tanto ahora deseo, máxime, cuando yo, nunca, se los he solicitado formalmente; por muy necesitado que me encuentre y por más falta que me haga este reconocimiento que me exonere de tan pesada carga moral.
Por lo tanto, -y es adonde quiero ir a parar-, cabe poder distinguir entre CULPA, ARREPENTIMIENTO y, -por último-, PERDÓN.
En mi modesta opinión, el sentimiento de culpa genera siempre un arrepentimiento. El arrepentimiento, en consecuencia, exige de la víctima el perdón. Pero la víctima se encuentra en su perfecto derecho de no perdonar sin que ello deba significar la necesidad de la venganza.
Por lo tanto, todas las víctima pueden ejercer con la misma autoridad moral el derecho a no OLVIDAR como tampoco a PERDONAR: ¡¡NI OLVIDO, NI PERDONO!!, -que dicen pocas.
Cuando el verdugo, por ejemplo, habiendo sido totalmente responsable de sus punibles actos decide, -al fín-, arrepentirse en un digno acto de contricción posterior, lo único que con ello persigue es tratar de encontrarse en paz consigo mismo. Y, precisamente, como responsable que ha sido de sus propios punibles actos, jamás debiera exigir de sus víctimas el perdón, ni éstas se encontrarían en condiciones óptimas de hacerlo y mucho menos aún de concedérselo.
En resumen:
Cualquiera deber tener el derecho no sólo de no olvidar sino también el de no perdonar.
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