RETRODEZCAN

Este imperativo es del todo incorrecto pero me resulta más contundente que el original RETROCEDAN. Por lo tanto, si la Real Academia de la Lengua Española me lo permite, desde hoy en adelante haré uso exclusivo de él.
Con RETRODEZCAN pretendo dar a conocer parte de mi obra pictórica, escultórica, fotográfica y, en menor proporción, literaria y, a la vez, mantener una corriente de opinión sobre los acontecimientos de naturaleza artística de hoy día.
Espero que tomeis la sabia decisión de manteneros a una distancia prudencial de mis opiniones aquí vertidas que no siempre tienen por que ser del agrado de la mayoría; ¿o, sí?

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viernes, 30 de diciembre de 2016

ETERNA JUVENTUD

Desde siempre, el tema sobre la eterna juventud ha preocupado al hombre. La diferencia es que hoy esa juventud eternamente anhelada por muchos ya se puede comprar gracias a los avances de la medicina en materia de cirugía plástica. Muy atrás han quedado los pactos  mantenidos por algunos con el diablo para lograrla pero la Historia nos confirma todavía, a través de la literatura, que esa exigencia se ha mantenido vigente hasta nuestros días. En sus METAMORFOSIS, Ovidio trata ya el tema del mito de Narciso. En la leyenda clásica alemana, FAUSTO entrega su alma al diablo a cambio del conocimiento ilimitado. Por último, Oscar Wilde retoma el tema de la eterna juventud en la célebre novela EL RETRATO DE DORIAN GRAY para lograr el mismo propósito.

Desde el punto de vista no sólo psicológico sino también físico, la cirugía plástica ha contribuido en muchas ocasiones para aliviar,  implantar, corregir, etc., ciertas deficiencias anatómicas que atormentan profundamente a quienes las padecen, que son muchos: corrección del tabique nasal para, por ejemplo, respirar mejor pero también por una óptima armonía respecto del rostro a criterio del propio perjudicado. Lo mismo ocurre con las orejas, intervenidas quirurgicamente para cerrar el ángulo respecto al eje de la cabeza, los labios, aumentados de volumen para aparentar mayor sensualidad. Y qué decir de la dentadura, perfectamente atornillada a las encías gracias a las nuevas técnicas odontológicas, ya no sólo para garantizarnos una perfecta masticación de los alimentos sino que, como elemento estético,  poder presumir también de una brillante, blanca  y sana sonrisa. No hablemos ya de los pechos y las nalgas que casi se pueden exigir sin ninguna dificultad ni riesgo incluso por catálogo.

A todo esto, en cierta ocasión, mientras aún estudiaba Bellas Artes en Barcelona, tuve la oportunidad de confesarle a cierta señorita que pese a su juventud me parecía poseedora de una extraordinaria madurez. La joven me sonrió amablemente argumentando que si bien su madurez, con toda probabilidad,  se debiera a su verdadera edad, su lozanía, belleza y juventud, sin embargo, eran consecuencia, simplemente, del fruto en los avances conseguidos por la ciencia en materia de cirugía plástica a la que, por otra parte, se había sometido recientemente en una reputada clínica de la ciudad condal. Confieso que su respuesta me cogió del todo por sorpresa pero mayor sorpresa aún me llevé cuando al preguntarle por los sentimientos que le habían llevado a tomar tan drástica, a mi juicio, decisión, me contestó lo siguiente:
 

-Simplemente, me gustaría morir todavía joven.




lunes, 19 de diciembre de 2016

MÓVIL DE ÚLTIMA GENERACIÓN



EL TELÉFONO MÓVIL (por razones más que obvias omitimos citar la marca del aparato)










Como cada mañana, sobre todo después de haberse comprado aquel último modelo de teléfono móvil, lo primero que se propuso  antes de salir de casa fue hacerse un SELFIE junto a la ventana, luego activó las teclas en mayúsculas D y P como precaución  y acto seguido se guardó el aparato en el bolsillo superior de la camisa.
Una vez en la calle, emprendió el camino de costumbre  hacia su trabajo por la acera todavía poco transitada, bajo un tibio sol de primavera. Al doblar la primera esquina se dio de bruces con alguien de aproximadamente su edad que a punta de navaja le exigía en voz baja la cartera y, por supuesto, el móvil de última generación que se intuía a través de la transparencia de su camisa de verano. No opuso resistencia, no obstante, el asaltante, antes de abandonar el lugar con el botín, en previsión de una posible persecución, se daría el gusto de pincharle en el costado con tanta habilidad que, aparte del pánico,  le provocaría además un hilo de sangre lo suficientemente abundante como para, ante su visión, conseguir su desmayo inminente. Mientras perdía la conciencia, la victima esbozaba una maliciosa sonrisa que mantuvo todo el tiempo hasta que fue debidamente auxiliada.
Ya en su territorio, el agresor, cobijado bajo la sombra que proporcionaba un viejo platanero de su barrio, examinó a fondo la cartera y extrajo de ella sólo lo que le interesaba: veinte euros, abandonando el resto en una papelera próxima. Regresó de nuevo bajo la sombra del platanero y se dispuso a estudiar a fondo la valiosa joya  de última generación aprehendida.  Acercó la pantalla para observar mejor y activó un ON en el teclado. De pronto, la superficie se iluminó en silencio. Dispuesto a marcar un número al azar, de manera negligente pulsó el primer dígito y, automáticamente, el móvil, al no reconocer a su auténtico propietario frente a la pantalla, explosionaría entre sus dedos con tanta  intensidad que le volaría violentamente dos de ellos de su mano derecha, provocándole tal hemorragia que terminaría tiñendo de rojo la moteada corteza del tronco del viejo platanero bajo el que se cobijaba mientras su rostro también resultaba fatalmente perforado en toda su superficie por la micro-metralla generada por el propio aparato al desintegrarse del todo y que le dejaría, para el resto de su vida, serias secuelas  en la piel.
Las siglas D y P corresponden a DEFENSA PERSONAL


viernes, 9 de diciembre de 2016

VALIJA DIPLOMÁTICA



RELATO DE FICCIÓN INSPIRADO EN EL ÚLTIMO ACCIDENTE AÉREO OCURRIDO EN COLOMBIA.


                                                    I

Para quiénes se hallasen próximos, el ruido hubiera resultado ensordecedor. En el fondo del valle, una joven pareja de campesinos había creído oír los motores de un avión volando bajo hasta que el brutal e inesperado  impacto del aparato en la cima de la cordillera llegó hasta ellos con suma nitidez aunque  amortiguado por la distancia que les salvaba y reverberado casi tres veces por el eco.

El marido calculó la distancia del supuesto accidente  por la cantidad de veces que el eco se había pronunciado; según sus cálculos, el siniestro se habría producido a unas seis horas de marcha a pie desde su humilde cabaña situada en las profundidades de aquel angosto valle.

Mientras su joven esposa preparaba unas mantas, algo de comida y agua para socorrer a los posibles heridos, su marido colocaba los arreos en el mulo que habría de transportar la intendencia hasta el lugar del siniestro con la sana intención de prestar ayuda a los supervivientes, si los hubiere. Aún no eran las nueve de la mañana cuando partieron montaña arriba a través de un peligroso sendero que apenas ellos mismos sí conocían pero que les  resultaría ser el más idóneo hasta llegar a la cima de la cordillera.

Al cabo de, aproximadamente, tres horas de lenta y penosa ascensión, cuando supuestamente habrían recorrido ya la mitad del camino que les separaría del avión siniestrado, advirtieron a lo lejos una oscura silueta que descendía lentamente, a trompicones, por la ladera de la montaña en dirección al valle desde donde ellos habían salido de mañana. Para entonces era ya mediodía.



La pareja aprovechó tal circunstancia para descansar un poco mientras el desconocido, a duras penas, se aproximaba hasta ellos visiblemente esperanzado. Sus ropas hechas girones y su penoso estado, hacían suponer, a pesar de conservar consigo el negro maletín desde que abandonara el lugar del suceso, que se trataba de un sobreviviente del lamentable accidente ocurrido. Según confesaría al llegar, el único sobreviviente del conjunto de pasajeros y tripulación de la aeronave ahora siniestrada.

El sol se encontraba ya en su cenit. Tras cubrirle la cabeza con un sombrero de paja, le proporcionaron algo de bebida y comida y arropándolo con una de las pesadas mantas que habían traído consigo le hicieron sentar un rato. Tras el breve descanso, le subieron a lomos del mulo y comenzaron el descenso hacia la vivienda en el fondo del valle donde recibiría cobijo y primeros auxilios hasta la llegada en su momento de los equipos de rescate. Le destinaron un viejo catre junto a la cocina, cerca del fuego, y el pasajero, bajo los efectos aún del schock sufrido, maltrecho y cansado, se quedó profundamente dormido al calor del hogar sin ni siquiera haberse desprendido del negro maletín que le había acompañado hasta allí.

Una vez se hubo dormido, la pareja se dirigió al cobertizo dónde, después de librarlo de sus arreos, abandonaron al mulo a su suerte ante una paca de heno fresco.

-Ese maletín debe contener algo muy valioso para que lo tenga asido todo el tiempo, pensaba  en voz alta el marido aunque dirigiéndose a su mujer.

-¿Tú crees? –respondió ella.

-Sí, -asintió el marido gravemente-.  Habrá que hacer algo si finalmente queremos salir de aquí para siempre.

-Y….. ¿Qué piensas hacer? –preguntó ella temiéndose la respuesta.

-No lo sé aún, pero lo que haya que hacer, –sentenció el marido-, ha de ser cuanto antes, antes de que los equipos de rescate localicen el lugar del siniestro y se presenten en la cima.

Silencio.

-Tú aguarda aquí, -inquirió de pronto el marido-, y sin pensarlo dos veces, salió del cobertizo, cruzó el patio de tierra y entró sigiloso en la cocina. El pasajero dormía profundamente pero los nudillos de su mano derecha blanqueaban por la presión ejercida sobre el asa del negro maletín que sostenía. Un maletín con el doble de profundidad que un maletín convencional. Atravesó la cocina hasta el dormitorio y regresó de nuevo con una gruesa almohada de matrimonio. Sin hacer el menor ruido, acercándose hasta la cabecera del catre, se dejó caer de improviso sobre el cuerpo dormido del hombre  con la almohada por delante, entre su pecho y el apacible rostro de su víctima que  bajo el peso del joven campesino apenas si pudo ni tuvo tiempo de reaccionar. El pasajero se agitaba con cierta dificultad sin poder librarse de la fuerte presión que ejercian sobre él. Tras unos cinco minutos de endeble forcejeo había fallecido. Su mano se abrió con lentitud y el maletín se deslizó  con suavidad sobre la manta hasta caer pesadamente contra el suelo de madera de la cocina.

Desde el cobertizo su mujer  oyó el golpe  y, de improviso, se presentó allí.

Haciendo caso omiso del muerto que aún continuaba tendido sobre el catre en decúbito supino con la almohada prensada sobre el rostro, la mujer consiguió por fin abrir el dichoso maletín. En su profundo interior aparecieron, como por encanto, cientos de fajos de billetes de quinientos euros que suponía una grandísima fortuna para alguien que como ellos nunca tuvieron nada.

-Hay que darse prisa, -dijo él-.  Apaña una funda grande de almohada, introduce en ella todos los fajos de billetes, átala por un extremo y escóndela bajo las tablas del piso de la cocina. Yo cargaré el cadáver junto al maletín sobre el mulo y partiré al amanecer hasta la cima donde los depositaré entre los restos del avión siniestrado. Espero que mientras tanto no aparezcan los servicios de rescate.

¿A qué horas volverás? –preguntó tímidamente la mujer.

-Entre ir y volver me llevará unas doce horas, -calculó el marido. Si salgo antes del amanecer, como tengo previsto, estaré de regreso sobre las seis de la tarde.

Con las primeras luces de un nuevo día, el campesino ya había cargado el mulo con el negro maletín y el cadáver envuelto en una manta. Desayunó antes de partir y se dispuso luego a iniciar el largo camino que les llevaría hasta la cima. Su mujer le saludó desde el porche mientras él se ponía en marcha tirando como siempre del mulo con  el   muerto y su maletín vacio a cuestas.

Llegaron cansados pero sin novedad alguna. En la cima el panorama resultaba visiblemente desolador. Por fortuna los cadáveres no habían entrado aún en descomposición y se respiraba el sano aire de la cordillera en medio de un silencio local dentro de otro silencio mucho más denso y algo más cósmico: el que proporciona la salvaje naturaleza a esa altitud. Decenas de cuerpos mutilados se hallaban esparcidos en doscientos metros a la redonda, maletas destripadas con las vísceras de algodón, lana, tela, cartón, etc.,  muchísimos zapatos de un solo pié,  trozos de plásticos de todos colores, botellas rotas, asientos desperdigados por doquier con algunos cadáveres sentados cómodamente todavía en ellos, reactores fracturados, el tren de aterrizaje reventado y cientos de piezas del aparato repartidas por la vasta superficie de la cima además de la mayor parte del fuselaje. Sólo una pequeña parte de él se conservaba en buen estado, con sus tres o cuatro ventanillas intactas y algunos asientos  en perfecto orden fijados en su interior.

Se dio prisa y depositó el cadáver junto a otro en cuyo costado se encontraba un mediano cojín de color azul. Junto al cojín dejó caer el maletín abierto y se alejó del lugar  a lomos de su mansa cabalgadura en dirección al profundo valle donde le aguardaría impaciente su mujer para cenar hoy en la modesta mesa de la cocina bajo cuyo suelo de tablas escondían la solución perfecta a un ansiado porvenir.



                                                   II



Sólo después de recobrado el conocimiento, al conseguir zafarse al fin del cinturón de seguridad que lo mantenía fijado al asiento en el único trozo de fuselaje que había quedado en perfecto estado tras el brutal impacto inicial, fue  cuando tomó verdadera conciencia de la gravedad de lo ocurrido. No pudo creer que fuera el único pasajero en haber          resultado ileso de tan aparatoso accidente.  Por fortuna, el combustible debió haberse agotado durante el vuelo, lo que habría evitado, para su suerte, el posterior incendio del aparato. Antes de salir al exterior, se tomó un tiempo prudencial para reflexionar y cerciorarse de que no habría sufrido ninguna fractura ni lesión de importancia que pudiera acarrearle consecuencias trágicas. No se molestó siquiera en buscar su equipaje de mano porque en esa situación lo encontraba del todo innecesario. Sus vestidos estaban hechos jirones pero comparado con la enorme fortuna que había tenido, aquello carecía de la menor importancia.

Una vez fuera, el panorama resultaba visiblemente desolador. Por fortuna, los cadáveres no habían entrado aún en descomposición y se respiraba el sano aire de la cordillera en medio de un silencio local dentro de otro silencio mayor  y cósmico: el que proporciona la salvaje naturaleza a esa altitud. Decenas de cuerpos mutilados se hallaban esparcidos en doscientos metros a la redonda, maletas destripadas con las vísceras de algodón, lana, tela, cartón, etc.,  muchísimos zapatos de un solo pié,  trozos de plásticos de todos colores, botellas rotas, asientos desperdigados por doquier con algunos cadáveres sentados cómodamente todavía en ellos, reactores fracturados, el tren de aterrizaje reventado y cientos de piezas del aparato repartidas por la vasta superficie de la cima además de la mayor parte del fuselaje. Sólo una pequeña parte de él se conservaba en buen estado, con sus tres o cuatro ventanillas intactas y algunos asientos en perfecto orden, entre ellos el suyo, que le preservaría de una muerte casi segura.

Reparó en alguien que agonizaba junto a unas rocas asido a un maletín negro de mayor profundidad que un maletín convencional al que, curiosamente, se aferraba con mayor tenacidad que a la propia vida. Se acercó en silencio y comprobó que aquel hombre, de unos cincuenta años, con múltiples fracturas abiertas en su cuerpo y traumatismo craneal severo, cuya mirada incolora parecía ver a través del cuerpo del visitante, balbucía algo que el pasajero ileso no lograba entender. El recién llegado creyó reconocer en su persona a un alto funcionario del gobierno de la nación: un embajador o un nuevo ministro quizás. Luego de arrebatarle  el maletín negro y lograr abrirlo sin dificultad,  en su profundo interior aparecieron como por encanto, aparte del título de VALIJA DIPLOMÁTICA que arrojaría entre los escombros,  cientos de fajos de billetes de quinientos euros, lo que suponía una grandísima fortuna para alguien que como él nunca tuvo nada. De pronto reparó en el cojín azul que se encontraba a su lado y tomándolo con decisión, convencido en conciencia de  ahorrarle el sufrimiento innecesario de la agonía, se lo aplicó  en la cara, presionando fuertemente de tal manera  con ambas manos  que al cabo de cinco minutos escasos había fallecido.

Antes de abandonar definitivamente el lugar, echó un vistazo alrededor para comprobar que nadie más, excepto él, continuaba aún con vida. Inició el descenso  no sin dificultad, exhausto, con el negro maletín siempre a cuestas y ante el temor de que los helicópteros de los equipos de rescate localizaran el paradero del aparato siniestrado. Al cabo de unas interminables tres horas de marcha atisbó, por fin, en la distancia a una joven pareja y su manso mulo que ascendían penosamente la cordillera con toda seguridad en su auxilio. Fue entonces cuando aliviado, mirando al cielo, pronunció estas sentidas palabras: ¡GRACIAS SEÑOR!. 









domingo, 30 de agosto de 2015

CHIQUITO DE LA CALZADA y el DIA DE ACCIÓN DE GRACIAS (Ficción rigurosa)

 Este relato está dedicado a mi buen amigo Salvador García Llanos


Conocí al Dr. GRIJANDER durante el transcurso de una entrañable recepción celebrada en Madrid y organizada por el embajador de EE.UU. JAMES COSTOS en los hermosos jardines de su residencia particular con motivo del día de Acción de Gracias durante el pasado mes de Noviembre de 2014. A ella asistian como invitados distintas personalidades pertenecientes al mundo de la cultura, los negocios, la banca, la política, el cuerpo diplomático, etc., así como un puñado de antiguos miembros relacionados con el ámbito de la Investigación científica española entre los cuales  se encontraba, precisamente, el mencionado doctor GRIJANDER.

Mi asistencia estaba suficientemente justificada como miembro representante, en calidad de jubilado, elegido entre  la mayoría silenciosa de este pais y escogido mediante un sorteo global organizado por el Instituto Nacional de Estadistica en colaboración con el Ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Aunque no dejaba de ser  un acto informal, no oficial, la mayoría de invitados asistíamos sin nuestros respectivos cónyuges y vestidos de riguroso chaquet a pesar de que la sombra que proyectaban los esbeltos flamboyanes del jardín no bastaba del todo para disipar el sofocante calor reinante a esa hora del día pese a ser Noviembre, máxime ataviados como nos encontrábamos de manera tan extrema.

En un momento dado, el Dr. GRIJANDER, al que no tenía el gusto de conocer hasta entonces, me tomó delicadamente del brazo y presentándose me dijo:

Chiquito de la Calzada en el Puerto de la Cruz

-CHIQUITO DE LA CALZADA me ha hablado muy bien de Vd.
-¡Encantado de conocerle, Dr.! Me llamo Zoilo López y soy algo parecido a lo que se entiende hoy en día en España por un artista.
-Lo sé -me dijo tuteándome ahora- Poseo un cuadro tuyo comprado a tu galerista en Barcelona, aconsejado precisamente por CHIQUITO.
-Lo recuerdo -mentí- Me lo confirmó en su día mi representante. Espero que lo disfrute

En principio, GRIJANDER, podría haber sido confundido con un extranjero de los muchos que acuden con frecuencia a las embajadas, dada su descomunal estatura y corpulencia y, sobre todo, merced a su abundante y rubio cabello  pero a medida que le oía hablar me daba perfecta cuenta de que, con toda seguridad, no dejaba de ser lo que hoy reconocemos como un robusto y apuesto rubio nacido probablemente en el seno de una familia de Valladolid, traicionado con descaro por la correcta vocalización y esmerada  pronunciación de su discurso en un ampuloso y clásico castellano como con el que se dirigía a mi en aquel momento.

-¿De modo -le pregunté en tono coloquial- que CHIQUITO anda también por aquí?
-Ya lo creo -contestó- no tardará mucho en hacer acto de presencia.

Y así fue. Mientras el Dr. GRIJANDER se molestaba en mostrarme una diminuta conderación de oro prendida del ojal de la solapa del chaquet por la que yo me había interesado vivamente, aparecieron de pronto por entre la espesura de la frondosa vegetación del jardín el Sr. Embajador y CHIQUITO DE LA CALZADA en animada y risueña charla.

El primero se había tomado la extravagante libertad, a la que el resto no nos habíamos atrevido:  vestir un sencillo pero bien cortado traje de lino color crema y calzado con mocasines de color beige; bajo la americana, una camisa blanca de hilo sin corbata. CHIQUITO, como el resto de invitados, con chaquet aunque el suyo de color gris marengo. Nos sorprendió gratamente ver aproximarse al cómico abanicándose perezosamente con un modesto y sin embargo elegante pai-pai de color rosa.

Mi asombro resultó mayúsculo al comprobar como JAMES COSTOS, el joven embajador, se dirigía a mi por mi nombre propio, como si me conociera de toda la vida.

El padre del hoy embajador de EE.UU. en España fotografiado en la década de los 70 en el Puerto de la Cruz


-¡Hombre, Zoilo! ¡Cuanto tiempo sin noticias tuyas! Yo fingí conocerlo también, disimulando mi total incertidumbre hasta que, sin él pretenderlo, me ofreció la esperada oportunidad que precisamente necesitaba para eludir el ridículo más bochornoso: una valiosa pista que yo atrapé al vuelo en mi propio auxilio y beneficio.

-¡Que década tan prodigiosa aquella de los 70-80 en el Puerto de la Cruz! ¿La recuerdas? -dijo mostrando una blanca dentadura de la que sólo los americanos de origen griego como él se atreven a ostentar.

-¡Ya lo creo! -presumí también yo de haber vivido la misma década aunque no así de poseer la misma dentadura. Sin embargo, para mis adentros, resultaba dificil creer que una persona nacida en 1963 pudiera haber asistido o participado de los prodigios que para la juventud del Puerto significaron aquellos ilustres años.Y así se lo hice saber.

-Todo lo que sé de tí se lo debo a mi padre que sí la vivió, -respondió con tristeza- y quién, por supuesto, también te conoció personalmente. No sólo me hablaba de tí siendo yo todavía un niño sino que en su amena autobiografía, editada recientemente en USA, menciona a un joven fotógrafo por el que sentía especial afecto y del que aún guarda un magnífico reportaje fotográfico que le sirvio para ilustrar los capítulos más interesantes del libro. Si a todo ello le añadimos la entrañable amistad que te une al simpático CHIQUITO DE LA CALZADA a quién tuve oportunidad de conocer a través del ilustre Dr. GRIJANDER, digamos que, por lo que a mí respecta, se cierra por completo este estrecho círculo.

JAMES COSTOS hablaba un castellano muy fluido mientras sonreía todo el rato haciendo siempre gala de su sana y blanca dentadura que en secreto despertaba mi total envidia pero, a pesar de todo, yo continuaba sin saber aún quién podría haber sido su padre de entre todos aquellos jóvenes extranjeros que conocí y fotografié durante tan larga y   prodigiosa década. Al final, como si él mismo no se creyera lo que trataba de decirme, añadió muy despacio y después de una larga y misteriosa pausa que me obligó a memorizar en segundos todo el contenido de mi archivo fotográfico de entonces.

-Mi padre fue uno de los componentes del dúo que durante muchos meses amenizaron en directo las inolvidables noches en la DISCOTECA BALI sita, en aquel entonces y como bien sabrás, en la Avenida de Venezuela del Puerto de la Cruz.

 JAMES sostiene la guitarra. JULES a la izquierda

Como un fugaz relámpago acudieron a mi maltrecha memoria no sólo las estilizadas figuras de dos jóvenes y excelentes músicos americanos sino además sus cortos nombres respectivos: JAMES Y JULES. De pronto, el embajador, esbozando una leve sonriza de complicidad, se fue alejando de la escena llevándose a CHIQUITO cogido del brazo quién, a medida que se distanciaban, me observaba risueño por encima del hombro mientras, indolente y ceremonioso,  se iba dando aire con su inseparable pai-pai de color rosa dejándonos a nuestra propia merced al Dr. GRIJANDER y a mí. 

Al tiempo que COSTOS y CHIQUITO se distanciaban de nosotros, desde alguna parte del jardín que  yo aún no había visitado, no sólo empezaron a sonar los ágiles compases de AMERICAN PATROL en una conocida aunque discutida versión de GLENN MILLER y su orquesta sino que, además, un suave aroma llegaba ahora hasta nosotros envuelto en los acordes de la primitiva marcha militar. Un inconfundible aroma a deliciosa mermelada de arándanos y a suave pavo asado, presumiblemente relleno de frescas manzanas

En cuanto el Dr. GRIJANDER olfateó en el aire de aquella espléndida mañana el aroma tan peculiar y propio del DIA DE ACCIÓN DE GRACIAS, con una rápida excusa que a mí me pareció estúpida y que no le hacía justícia alguna, decidió abandonarme por el momento, dejándome de nuevo completamente sólo bajo la fresca sombra que proyectaban los siempre elegantes flamboyanes de aquel hermoso jardín particular.

Para cerrar definitivamente mi propio círculo y admitir a la vez la dimensión indirecta que me unía a aquellos ilustres caballeros en un jardín privado, bajo el cielo goyesco del Madrid de los Austria, en pleno siglo XXI, hube de remontarme muchísimos años atrás en el espacio y el tiempo y trasladarme mentalmente hasta la Calle del Lomo en el Puerto de la Cruz y tratar de entrar  en LA CUEVA GITANA, un diminuto pero muy popular "tablao" flamenco donde, cada noche, en la década de los 60, CHIQUITO DE LA CALZADA actuaba a diario como "cantaor", formando parte de una pequeña compañía de baile de escaso éxito y cuyo nombre, con el paso del tiempo, ya he olvidado por completo. De aquel entonces proviene nuestra sincera y cordial amistad, mantenida hasta hoy a buen recaudo, con una total y firme discreción y que la mayoría de nuestros coetáneos  desconocía hasta el presente.

Y, de pronto,  comenzó a sonar el himno de Estados Unidos


lunes, 12 de mayo de 2014

RESPONSABILIDAD

Mientras sentada al borde la cama acariciaba la culata del revolver, seguía sin entender las causas de su brutal despido como empleada de la Diputación. Le habían arruinado la vida.
Cambió sin embargo de decisión y, como siempre había hecho, se creyó responsable de sus propios actos.
Se enjugó las lágrimas y guardó el revolver en el bolso. Salió a la calle en dirección al puente y al cruzarse con su superiora que le venía de frente le disparó tres veces. ¡Ya está! ¡Muerta!.

lunes, 2 de septiembre de 2013

DESPEDIDO



Cuando por fin pude acceder a la gran estancia, encontré al SR. PRESIDENTE en un absoluto y lamentable estado de total descomposición. Yacía estirado sobre el butacón, los brazos a lo largo del cuerpo, la piel del rostro y las manos rigidamente apergaminadas y los extremos de los también acartonados dedos de los pies apuntando perpendiculares al techo mientras los agrietados carcañales  permanecían apoyados sobre la superficie de la mágica alfombra de su lujoso despacho presidencial. 


Sin embargo y como aún respiraba, me apresuré a administrarle media docena  de galletitas en forma de obleas y medio vasito de leche tíbia traidos expresamente de la despensa con lo que, a pesar de todo, fué recuperándose de forma paulatina.

 De pronto se irguió y comenzó a deambular sin rumbo aparente a la manera de esos cochecitos mecánicos de juguete que al chocar contra las paredes cambian repentinamente de dirección.

-¿Como está el patio? -me preguntó.
-Tanto la prima de riesgo como la tasa de paro han descendido notablemente, -mentí yo en su propio beneficio.

Él sonrió entonces sin saber todavía que yo ya había sido  despiadadamente despedido.