Como me gustaría que Don Felipe VI no fuera Rey de España para tratarlo como en realidad se merece, independientemente de las simpatías que él me tenga por mi condición de republicano. Por lo que a mí respecta no me parece una idea tan descabellada, teniendo en cuenta los malos ejemplos que su padre ha ido dando por ahí, desde Botsuana hasta Arabia Saudita, por poner sólo dos ejemplos de los muchos que constan en su haber.
Hace ya algunos días se ha sabido que el rey hoy emérito ha
atravesado de puntillas nuestro maltrecho país sembrado de cadáveres para
depositar en Suiza el producto de unas supuestas comisiones por sus también
supuestas intermediaciones mercantiles entre gentes de holgadas chilabas de
rico kaftan, kufiyya blanca y babuchas bordadas con hilos de oro. Al parecer,
esta vez y después de asistir al Gran Premio de Fórmula 1 en Bahrein, don Juan
Carlos habría recibido de manos del rey de aquel país, Hamad bin Isa al Jalifa,
la nada despreciable cantidad de 1,9 millones de euros por ciertos beneficios
que todavía estarían por demostrar porque, en cualquier caso, ya se ha
descartado que sólo se tratara de una limosna entre reyes necesitados de ayuda
económica.
Sea como fuere, lo cierto es que don Juan Carlos habría hecho valer su derecho a viajar con valija diplomática para no ser exigido en las aduanas de ningún interrogatorio en relación por tráfico de divisas.
¿Quién sería capaz de matar a un elefante todavía en el cenit de su vida? Y ¿Qué clase de prestigio pensó don Juan Carlos haber alcanzado con ello?
Si partimos de la base de que el elefante es uno de los animales “salvajes” (menos que el rey emérito, desde luego) más voluminoso de la tierra, es muy fácil creer que dar en el blanco, bien parapetado y camuflado, no parece nada difícil, pero si además de eso te haces acompañar de un guía experto que pone a tu disposición un arma de precisión, de gran calibre y con mira telescópica de alta precisión, el resultado salta a la vista, como saltó en aquella ocasión gracias a aquella amarga fotografía que documentaba una acción tan violenta y que dio la vuelta al mundo de manera tan ignominiosa para todos los españoles y en particular para la Casa Real.
Si tal como he hecho mención al principio, don Felipe y yo lográsemos ser amigos como así espero que suceda, en cualquiera de los muchos descansos que tienen lugar a lo largo de las inacabables partidas de petanca popular que se juegan cada día en cualquier parte de España, tendríamos ocasión de hablar largo y tendido en tales términos sobre los motivos que condujeron a su abdicación voluntaria de la Corona en favor de una república de la que le estaríamos muy agradecidos una gran mayoría de españoles, fueran estos petanqueros o no.
De manera que, a pesar de todo, la república está muy próxima en llegar, le pese a quién le pese; y aunque no pueda demostrarlo de manera fehaciente, albergo la sólida esperanza de que Felipe VI pueda interesarse al fin por concederme el enorme privilegio de su sincera amistad y podamos discutir entre ambos las condiciones necesarias para llegar a poner fin a lo que queda de su reinado de la manera más diplomática como a la que siempre nos ha tenido acostumbrados: con generosidad, educación y elegancia.
Sea como fuere, lo cierto es que don Juan Carlos habría hecho valer su derecho a viajar con valija diplomática para no ser exigido en las aduanas de ningún interrogatorio en relación por tráfico de divisas.
¿Quién sería capaz de matar a un elefante todavía en el cenit de su vida? Y ¿Qué clase de prestigio pensó don Juan Carlos haber alcanzado con ello?
Si partimos de la base de que el elefante es uno de los animales “salvajes” (menos que el rey emérito, desde luego) más voluminoso de la tierra, es muy fácil creer que dar en el blanco, bien parapetado y camuflado, no parece nada difícil, pero si además de eso te haces acompañar de un guía experto que pone a tu disposición un arma de precisión, de gran calibre y con mira telescópica de alta precisión, el resultado salta a la vista, como saltó en aquella ocasión gracias a aquella amarga fotografía que documentaba una acción tan violenta y que dio la vuelta al mundo de manera tan ignominiosa para todos los españoles y en particular para la Casa Real.
Si tal como he hecho mención al principio, don Felipe y yo lográsemos ser amigos como así espero que suceda, en cualquiera de los muchos descansos que tienen lugar a lo largo de las inacabables partidas de petanca popular que se juegan cada día en cualquier parte de España, tendríamos ocasión de hablar largo y tendido en tales términos sobre los motivos que condujeron a su abdicación voluntaria de la Corona en favor de una república de la que le estaríamos muy agradecidos una gran mayoría de españoles, fueran estos petanqueros o no.
De manera que, a pesar de todo, la república está muy próxima en llegar, le pese a quién le pese; y aunque no pueda demostrarlo de manera fehaciente, albergo la sólida esperanza de que Felipe VI pueda interesarse al fin por concederme el enorme privilegio de su sincera amistad y podamos discutir entre ambos las condiciones necesarias para llegar a poner fin a lo que queda de su reinado de la manera más diplomática como a la que siempre nos ha tenido acostumbrados: con generosidad, educación y elegancia.

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