
Anoche, poco antes de que Morfeo me acogiera definitivamente entre sus brazos, quise imaginarme como sería el mundo de otra forma. Quiero decir si no fuera esférico y achatado por los polos, sino que tuviera, por ejemplo, forma de cubo y girando continuamente en torno a un eje también imaginario comprendido entre dos de los vértices opuestos. Un mundo con sólo ocho esquinas y confluyendo en cada una de ellas tres de las seis caras distintas de su superficie, todas ellas pulidas de tal modo que reflejaran en todo momento las intenciones de avaricia, de codicia, de egoísmo, de envidia, de violencia, etc., etc., con las que un gran porcentaje de los millones de sus habitantes, -empleándolas convenientemente en su favor-, pretenden alcanzar La Gloria.
Me aposté en una de aquellas esquinas y mientras miraba indistintamente las superficies de las tres caras que allí confluían no tuve que esperar demasiado tiempo hasta saber a quienes correspondían aquellos reflejos pasionales que ahora se desprendían misteriosamente del suelo. Por una de las caras avanzaban decenas de banqueros bien abrigados y calzados con zapatos de gruesa suela de crepé; para no hacer ruido. Enfundados en nuevos batines de seda regalados y calzando cómodas pantuflas también de seda, bordadas, y del mismo modo regaladas, les seguían, totalmente cubiertos los cabellos de brillantina, decenas de representantes políticos de otros tantos distintos partidos. Desde otra de las caras vi aparecer a numerosos prelados calvos, ministros de la Iglesia bien alimentados, disimulando sus abultados vientres bajo anchas fajas color carmesí y a varios jefes de estado tras gafas Ray-Ban, enarbolando sus bastoncitos de mando con empuñadura de oro, mostrando no sólo sus cruces al mérito militar sino, además, sus nuevas y blancas dentaduras postizas. A éstos les seguían un nutrido cortejo de la nobleza europea: reyes y reinas con lumbago o ciática, príncipes y princesas anoréxicas seguidas de infantas, meninas, enanos, bufones y algunos grandes de España en sillas de ruedas. Desde la tercera cara del mundo, el grueso del ejercito y la policía montada, marcíalmente abrochados, prietas las filas y en silencio, aparecieron de pronto guardando un orden que nadie hasta el momento les había solicitado. Luego ladraron mis perros y, de súbito, desperté.
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