RETRODEZCAN

Este imperativo es del todo incorrecto pero me resulta más contundente que el original RETROCEDAN. Por lo tanto, si la Real Academia de la Lengua Española me lo permite, desde hoy en adelante haré uso exclusivo de él.
Con RETRODEZCAN pretendo dar a conocer parte de mi obra pictórica, escultórica, fotográfica y, en menor proporción, literaria y, a la vez, mantener una corriente de opinión sobre los acontecimientos de naturaleza artística de hoy día.
Espero que tomeis la sabia decisión de manteneros a una distancia prudencial de mis opiniones aquí vertidas que no siempre tienen por que ser del agrado de la mayoría; ¿o, sí?

sábado, 7 de febrero de 2009

El poeta GOYTISOLO, LUIS ESPINOSA y yo en ZELESTE










Jose Agustín Goytisolo, tristemente fallecido, fue un excelente poeta y escritor con el que Luis Espinosa y yo mantuvimos una cierta discreta amistad en Barcelona.
De su viva voz tuvimos el privilegio de escuchar en más de una ocasión su célebre poema titulado PALABRAS PARA JULIA al que algo más tarde le pondría música el inigualable PACO IBAÑEZ.

El poeta acostumbraba a venir a comer a menudo al restaurante Sopeta Una donde, a la sazón, trabajaba yo como camarero. En ocasiones solía coincidir con Luis Espinosa quién, a fuerza de compartir mantel con él, fue creándose entre ellos una corriente amistosa alentada en nuestro favor por el propietario del restaurante, Carlos Puig. Un tercer cliente, indirectamente implicado en nuestra mutua camaradería, habituaba, asimismo, a intervenir en nuestras amenas tertulias de sobremesa. Se trataba de Victor You, propietario entonces de la mítica sala Zeleste de la calle Platería y donde tendría lugar la desagradable anécdota ocurrida con ocasión de una visita nocturna a la misma llevada a cabo por el propio Goytisolo, Luis Espinosa y yo.

Terminarían ellos de cenar esperando a que yo finalizara el turno de noche para dirigirnos, como habíamos acordado previamente, hasta Zeleste con la intención de presenciar alguna probable actuación en el local de la que ya, francamente, ni me acuerdo.

Una mesa en el vestíbulo de la sala, bastaba para improvisar la función de taquilla en la que se expendian las entradas los días de actuación. Luis y yo, por razones que explicaré en su momento, estábamos siempre exentos del pago. Solamente Goytisolo adquirió una única entrada y seguidamente tomamos asiento los tres en un banco corrido cerca del escenario.

Finalizado ya el espectáculo y cosumida con él la primera ronda, Goytisolo decidió enseguida invitar a una segunda. En el momento de regresar el camarero con las bebidas solicitadas, el poeta no pudo satisfacer la cuenta porque, sorprendentemente, la cartera había desaparecido, no la tenía en su poder. El camarero, que nos conocía a los tres perfectamente, le restó importancia al incidente invitándonos a que nos tomáramos el tiempo necesario en encontrarla pero, de pronto, inesperadamente, irrumpió en escena un devoto y exaltado admirador de Goytisolo, de maneras harto afeminadas para mi gusto, acusándonos impunemente, sin ningún tipo escrúpulos y a voz en grito, de haber sido Luis y yo los auténticos autores del supuesto hurto de la mencionada cartera.

El poeta intentó en vano persuadirle de que no solo éramos sus invitados sino, además, sus amigos pero esto no pareció convencer al encendido “mariquita” quién se empeñaría, a riesgo de recibir un bofetón por mi parte, en amenazarnos severamente con registrarnos personalmente con tal de recuperar lo presuntamente robado esa noche.

Con anterioridad y debido al sofocante calor reinante, tanto Luis como yo nos habíamos despojado previamente de nuestras respectivas chaquetas que descansaban blandamente a nuestro alcance, sobre el sillón corrido de skay, y a las que intentó aproximase el ferviente admirador con la aviesa intención de registrarlas aunque sin éxito porque para entonces yo ya me había levantado impidiéndoselo y puesto rápidamente en pie, -le ganaba en estatura-, en un tono bastante más que amenazador, le contesté que nuestra palabra era muchísimo más válida que su magnífica exagerada estupidez y que por esta tan sencilla razón no permitiría en absoluto que nadie, y menos un tipo como él, pusiera sus afeminadas manos sobre aquellas tan masculinas prendas de vestir sin nuestro previo consentimiento.

Luis Espinosa continuaba sentado tranquilamente dibujando en su rostro una franca sonrisa en la que podía leerse perfectamente la situación tan kafquiana por la que estábamos atravesando en aquel preciso instante.

De pronto, Goytisolo, levantándose, se excusó abandonando precipitadamente su asiento para ausentarse por unos momentos mientras su eterno admirador quedaría de guardia, en pie frente a nosotros, hasta el regreso del poeta.

Para cuando hubo regresado Goytisolo, la discusión permanecía en un inquietante punto muerto. El poeta traía consigo la desaparecida cartera, olvidada en el momento de pagar la entrada en la mesa del vestíbulo y perfectamente custodiada por el taquillero de turno.

Volví a tomar asiento de nuevo al tiempo que Goytisolo mientras Luis Espinosa, esbozando aún su sempiterna y franca sonrisa, me consolaba distraídamente del sufrimiento padecido por tanta estupidez humana acumulada en tan pequeño espacio.


NOTA:

La razón por la que Luis y yo no pagábamos entrada era por ser los proveedores del tabaco negro CORONAS de algunos de los empleados de ZELESTE.

Le recomiendo a mi buen amigo Dorta la inclusión de la versión de Paco Ibañez de este maravilloso poema en su Blog. Gracias.

PALABRAS PARA JULIA. Poema de José Agustín Goytisolo

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

No sé decirte nada más
pero tu debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...


viernes, 6 de febrero de 2009

FLECHAZO (relato muy corto)

A pesar de la pertinaz lluvia, decidí bajar a comprar pan. Una vez llegado a la panadería, advertí que un joven se refugiaba en el portal viendo languidecer la tarde. También yo hice lo propio a espaldas suyas pero, de repente, un suceso inesperado vino a romper la relativa y cálida calma que se repiraba en el interior.
Una bonita joven que huía desesperadamente de la lluvia sin conseguirlo, pisó con tal ímpetu el charco que se había formado en el exterior, ante la puerta, que los múltiples fragmentos de la fachada reflejada hasta ese momento en su superficie salieron violentamente despedidos, desparramándose sobre los bajos de los pantalones, incluyendo los zapatos, del joven que esperaba pacientemente a que el temporal amainara.
Ella se detuvo un instante mirándole desde dentro del charco. El, sin molestarse demasiado y ante el vivo estupor de la chica, dijo:
-¿Donde vas con esos ojos?, ¿No ves que puedes atropellar a cualquiera?.
-Perdón, -musitó la joven sin dejar de mirarle mientras emprendía con más lentitud su camino.
Sobre la superficie del charco, la fachada rota había dejado lugar a los letreros luminosos que, ahora, se reflejaban con vivos colores.
El joven continuo esperando y yo también a sus espaldas.
Volvió a aparecer la chica. En esta ocasión y a pesar de la noche, sus ojos se protegían por unas oscuras gafas de sol. Una vez llegada a nuestra altura, rodeó con suma cautela el charco y sonriendo al muchacho desde la otra orilla se alejó velozmente para siempre. ¡¡Adios!!, fue lo único que le oí decir.

miércoles, 4 de febrero de 2009

UN PASADO EN ABSOLUTO VERGONZANTE

Mi buen amigo Antonio Dorta cree tener razón al subrayar que la mayoría de la gente, sobretodo la que ha alcanzado en los últimos años de su vida una alta cota social, tiene mucho más temor a enfrentarse a su pasado (ya vivido y experimentado) que al futuro aún por descubrir y, en consecuencia, mucho más incierto, -y por lo tanto con muchos más riesgos si cabe-, lo que en realidad nos plantea una grave paradoja que entraña un problema de muy dificil solución. La gente anónima, común, que nunca tuvo nada, aquella que ha perdido lo poco que aún tenía o aquella otra a la que ya no le queda nada por perder y mucho menos que arriesgar porque, dicho sea de paso, ya se les ha garantizado un futuro del todo incierto, lo único que conserva como patrimonio propio y personal es, precisamente, aparte de la esperanza, su azaroso pero vivido pasado. Y es este tipo de gente, los mal llamados perdedores, la que con más celeridad se han puesto en contacto conmigo para agradecerme, a través de Internet, la recuperación de su único patrimonio conocido: SU PASADO. Como cronista gráfico que me considero, me enfrento a esta curiosísima y grave paradoja que ya he comentado antes y que me mantiene del todo confundido respecto a sí, como según parece, debo publicar o no determinadas fotos de determinadas personas que se encuentran en el seno de los álbumes en Flickr. Noto un extraño silencio en torno a lo que se venía anunciando como algo novedoso, desde el punto de vista sociológico, y que, sin embargo, algunas diplomáticas reticencias impiden o aconsejan su no publicación. De modo que me encuentro en poder de un valioso documento gráfico que, al parecer, no interesa a casi nadie excepto, como he mencionado antes, a aquellos cuyo pasado no compromete a nada ni tampoco a nadie. En una sociedad moderna, civilizada y democrática, la libertad de expresión, en interés de recuperar una memoria gráfica del Puerto de la Cruz, no debería ser obstáculo para promover, desde las instituciones u otros estamentos, la divulgación de un documento de la vital importancia como el que representa esta MEMORIA SENTIMENTAL GRÁFICA del Puerto de la Cruz. O por lo menos, así lo entiendo yo.
Etiquetas: crónica

CARTA A MIS VIEJOS AMIGOS (CENSURA)

Aún hoy, dispongo en el Puerto de un puñado de buenos amigos, o eso creo yo, cuya entrañable amistad se remonta cuarenta o más años en el pasado, prácticamente desde que llegara al Puerto de la Cruz con apenas dieciseis años cumplidos.

Con la sana excusa de comer juntos, al parecer, estos amigos se reunen cada jueves para seguir consolidando los apretados lazos de amistad que aún les atan desde la infancia. Además de no citar el lugar, tampoco citaré sus nombres porque, precisamente, por respeto a su más estricta intimidad, a la que por otro lado tienen perfecto derecho, mantendré en secreto ámbos irrelevantes datos. Pero, al fín y al cabo, es sobre este particular, la intimidad, de lo que trata esta improvisada crónica desde Barcelona.

Casualmente, en la sobremesa de su última cita gastronómica se discutió sobre el derecho a la intimidad que pretenden mantener algunos de ellos en contraposición al derecho a la libertad de expresión gráfica o al derecho a la propiedad intelectual que solicito defender yo desde el punto de vista puramente artístico y anticomercial.
Particularmente, no me siento de ninguna manera culpable de la inquietud que, al parecer, pesa sobre las conciencias de algunos de los fotografiados, máxime cuando ninguna de las fotos publicadas en FLICKR, representan situaciones que pudieran parecer comprometidas para sus respectivas reputaciones porque, dicho sea de paso, jamás se dieron esas supuestas circunstancias.

En ese sentido nuestros correspondientes intereses no son mutuos y, naturalmente, la tendencia es a chocar frontalmente. Si bién estoy dispuesto a hacer determinadas concesiones de carácter puramente amistoso, como ya se han producido, no lo estoy a renunciar a la publicación de un material gráfico que no solo se aleja por su importancia de lo meramente anecdótico y particular sino que, por el contrario, pasa a ser un documento del dominio público, en mi opinión, de un alto valor sociológico sobre el patrimonio cultural popular del Puerto de la Cruz y que debiera ser conocido por todos sus habitantes.

sábado, 31 de enero de 2009

JUBILACIÓN ANTICIPADA

Recien cumplidos los 56 años, llegué a la lamentable conclusión, que dadas las circunstancias, no resistiría por mucho más tiempo un trabajo de las características del que venía desempeñando para el Ayuntamiento de Mollet durante más de veinte años.

La mayor parte de aquel tiempo estuve bajo el influjo socialista de la que a la sazón fuera alcaldesa de Mollet durante aquel largo periodo, Monserrat Tura, sobrina de uno de los padres de nuestra Constitución.

También yo había pertenecido al partido pero fui injustamente expulsado, de manera harto arbitraria, por el entonces secretario general del mismo en Mollet, Carpio, al no estar yo de acuerdo, como en principio tampoco lo estuviera Felipe González, con nuestra inclusión en el seno de la OTAN.


Aún tuvieron que pasar seis años más antes de que tomara tan sabia decisión. Llegado el verano de 2008 y coincidiendo con el periodo de vacaciones de la estación, abandoné definitivamente la Unidad de Jardinería después de veintiseis años dedicado en cuerpo y alma a velar por el mantenimiento de las zonas verdes de aquella ciudad del Vallés Oriental.

El ambiente laboral se había vuelto tan opresivo, discriminado, dictatorial y tiránico que me ví en la obligación, junto a un puñado de fieles compañeros sindicalistas, a ofrecer un frente alternativo a tanto desmán por parte de ciertos mandos intermedios quienes, aprovechando la ventaja que les otorgaba su posición en la composición de la pirámide de mando, pretendían convertir la Unidad de Jardinería en una empresa privada gestionada por ellos mismos a espaldas de la tolerancia socialista del Exmo. Ayuntamiento.

De esta época data esta especie de cartelito, elaborado ex-profeso como arma de combate ante tan lamentable injusticia y que anunciaba, con mi anticipada jubilación, el paso franco para aquellos mandos intermedios para los que me había convertido en tan acérrimo enemigo.

Me consta que en la medida de lo posible, aquel grupo discrimado de compañeros sindicales, ha recogido el testigo que con tanto esfuerzo lograron alcanzar y con el que aún hoy continúan defendiendo la libertad de expresión, sindical y el bienestar del resto de compañeros en su misma situación.

viernes, 30 de enero de 2009

....que viene EL CORUJO

AQUELARRE DE CORUJOS

Nadie ni nada me ha producido tanta sensación de terror como la supuesta presencia de aquel ente invisible que, en cualquier momento, podría acudir de improviso a secuestrarnos, a cambio de nada, para arrastrarnos, sin piedad alguna, hasta aquel remoto pais sumido siempre en unas profundas tinieblas de donde se decia que no podríamos escapar jamás y solo habitado por todos aquellos niños desobedientes que, como yo, fueron incapaces en alguna ocasión de tomarse una papilla, de limpiarse los dientes, de irse a dormir temprano o de llevar la raya del peinado bien recta sobre un costado del cráneo.

Me refiero al CORUJO y, el CORUJO, a falta de una auténtica identidad que lo definiera fisicamente a nuestros ojos, se encontraría anónima y peligrosamente conviviendo con todos nosotros sin que su viva presencia fuera advertida nunca por ninguno, de modo que podría tratarse perfectamente de cualquiera de los mayores de nuestro entorno más inmediato; preferentemente varón, de gran estatura, quizás con joroba, y posiblemente en poder de un enorme saco en cuyo interior se suponía que transportaba a aquellos niños traviesos a su reino de oscuridad permanente de donde jamás se podía regresar.

!! .........cuantos CORUJOS no creí intuir durante mi niñez!!. Muchos: unos por su joroba, otros por su enorme estatura, otros por vestir siempre de negro, por llevar un saco colgado al hombro, por no sonreir cuando me miraban. Cualquiera de ellos podría muy bién ser. Sin embargo, que fácil suponía para mi descartar a quienes no lo parecían. Mi propio padre y mi tio Pancho, por ejemplo. También los padres y hermanos mayores de todos mis mejores amigos, al igual que el maestro pero no tanto el Sr. cura, Don Luis; su gran estatura, su larga sotana negra hasta los tobillos y la amenaza constante con algo a lo que él llamaba el infierno despertaron siempre mis más fundadas sospechas. Sin embargo, era justo reconocer que entre la actitud de D. Luis y la supuesta del CORUJO, se establecia una gran y notable diferencia:

Si bién la preconizante amaneza del Sr. cura con la visita obligada al infierno tendría lugar inmediatamente después de nuestra muerte, la del CORUJO, por el contrario, estaba siempre relacionada con el fatídico secuestro en el mejor momento de tu niñez, cuando creías firmemente que todos tus sueños de infancia se convertirían, algún día, en realidad.

Pese a todo, y mientras vivíamos en La Cuesta donde al parecer también moraba el CORUJO, dos populares personajes de aquel suburbio del sur, aunque totalmente ajenos a nuestro más inmediato entorno, quedaron por siempre firmemente descartados como probables: Isabel "La Padilla" por ser mujer y Pepito "El mordelón" por ser bajito. ¡¡QUE DIOS LOS TENGA EN LA GLORIA!!

jueves, 29 de enero de 2009

De Reverón "pa" lapas al quirófano

Alguien me confirma que el personaje que figura en la entrada anterior no se trata de REVERÓN sino de Ramoncillo "El Choco". He quedado profundamente decepcionado con la noticia porque no me imagino la razón que pude barajar para asociar lo de "....como Reverón pa lapas" al personaje de Ramoncillo "El Choco". Albergaba fundadas esperanzas de haber resuelto por fín el enigma que me atormentó durante tantos años pero me temo que habré de esperar aún mucho más tiempo hasta que alguien lo resuelva por mí.

Lo curioso del caso sería que el tal Reverón pudiera encontrarse oculto, con identidad falsa, en el interior de mi profundo archivo fotográfico y que hasta hoy yo no haya podido dar con su paradero ni con su verdadera identidad. Esto me lleva a plantearme un serio problema de carácter deontológico, cuando no ético: ¿debo respetar el derecho a la intimidad de Reverón aunque se trate de un negativo analógico protegido y amparado por los otros cientos que poseo y que seguramente le arropan y le respaldan en silencio?.

Espero que los historiadores locales del Puerto de la Cruz puedan devolverme con sus acertadas informaciones la calma que durante años la figura de Reverón, el de las lapas, me ha usurpado sin pretenderlo.

En ello pensaba ayer mientras mi cuerpo completamente desnudo, cubierto solo por una frágil bata de papel de color azul, yacía boca arriba sobre la estrecha camilla de un pequeño quirófano en Barcelona. Mientras, el anestesista, -un cubano doctor de mi estatura, guapetón y simpático-, me interrogaba acerca de si era alérgico a alguna cosa en concreto y, en especial, si lo era a algún tipo de alimento.

En principio no, -le dije-. Bueno, sí, -rectifiqué haciéndome un poco el gracioso-; al jamón ibérico pata negra pero no por el sabor sino por el precio.

¡Ay que ver!, -exclamó el joven doctor cubano-. Hace unos días, -prosiguió-, una paciente, precisamente, desde donde mismo se encuentra tumbado Vd. ahora, me confesó que ella, solo y exclusivamente, era alérgica a la picadura del alacrán. ¿Que le parece?.

Esa pregunta fue lo último que pude oir con cierta nitidez. Cuando desperté y abrí de nuevo los ojos me encontré con la agradable sorpresa de una espléndida sonrisa adornada por la impecable y blanca dentadura del joven anestesista Luciano.


¡¡......conque alérgico al precio, ¿eh?!!.

miércoles, 28 de enero de 2009

........como REVERÓN "pa" lapas.

Hasta día de hoy, después de tantos años, he seguido convencido de que el simpático personaje de la foto no era otro que el mismísimo REVERÓN. Aquel del que se decía que le gustaban tanto las lapas que su extrema inclinación por el exagerado consumo de ellas obligara a la gente del Puerto a tomar aquella debilidad suya como una comparativa fiable y aplicable a cualquier síntoma de flaqueza que se produjera en alguien por cualquier otro producto culinario o vicio distinto, fuere este confesable o inconfesable.
No era muy de extrañar, pues, que mi gran amigo LELO, sabiendo lo mucho que a mí me gustaba la repostería fina, siempre que yo caía en la tentación, profiriera aquello de que yo para los pasteles era como REVERÓN "PA" LAPAS.
Lo de ".....como Reverón pa lapas" constituía en sí toda una frase hecha, genuina, categórica e incontestable, aplicable a todo aquel que demostrara una inclinación extrema por la degustación exagerada de cualquier producto, sobre todo, de carácter comestible aunque, por lo común, también extensible mucho más allá del ámbito de lo estrictamente culinario como para aplicarla, de igual modo, a quién se le considerase propenso de un contumaz abuso de cualquier otro vicio distinto al del preciso paladar.
P.D. ruego a todo aquel que crea que el personaje de la foto no se trata del tal REVERÓN, que me lo haga saber sin compromiso alguno.

domingo, 25 de enero de 2009

LA POLICIA EN LA NOCHE (Barcelona)

Esta simpática anécdota no se entendería si el lector no estuviera al corriente de como nuestro aspecto físico despertaba las infundadas sospechas de las Fuerzas de Seguridad del Estado de entonces.




Una ambarina y mortecina luz maliluminaba la estrecha calle por segmentos regulares. Entre ellos, una espesa penumbra ocultaba los angostos portales donde las jovenes parejas se amparaban emitiendo en su frenética despedida los últimos jadeos de una pasión incontrolada. Como cada noche, Leocadio y yo, hacíamos aquel mismo recorrido camino de casa una vez finalizada nuestra jornada laboral en el Sopeta Una con la misma rutina con la que cada día desempeñábamos nuestro trabajo en el restaurante.

Aquella noche concreta, a excepción de alguna que otra pareja oculta en los portales y de nosotros mismos, la calle, debilmente iluminada como siempre, se encontraba completamente desierta. Nuestra presencia no le interesaba a nadie; solo nuestra propia conversación y el sonido de nuestros pasos sobre los adoquines, apagaban el eco sordo de los jadeos de los amantes en los oscuros portales abiertos en las mugrientas fachadas. Recuerdo que aquella noche, ámbos nos habíamos aprovisionado previamente de dos botellines, uno para cada uno, de agua de Vichy catalán que íbamos ingeriendo a sorbitos por el camino a casa, unos cien metros más adelante, mientras manteníamos una charla tan anodina y oscura como la noche misma.

Fue al levantar la cabeza para apurar un nuevo sorbo de agua cuando, al quedar violentamente a la vista mientras atravesaba uno de los segmentos iluminados de la calle, reparé en una joven pareja masculina que se aproximaba directamente hacia nosotros en silencio. Advertí de ello a Leocadio al tiempo que la pareja, abandonando el centro de la calle para continuar avanzando, protegidos cada uno por las desconchadas fachadas de los costados, llegaron súbitamente hasta nuestra altura.


-¡Policía!, -dijo el primero, alzando algo la voz en tono amenazador, mientras mostraba una placa mal iluminada-

-Documentación, -agregó el segundo, sarcástico y aparentemente conciliador, mientras su compañero guardaba su identificación en un bolsillo interior.

La ingenuidad de Leocadio me dejó perplejo. Dirigiéndose con una semironrisa al segundo policia, le confesó sin ambages que habiendo regresado de Holanda hacía muy poco, habíase olvidado en aquel pais toda su documentación y continuaba aún a la espera, aquí en Barcelona, a que se la remitieran urgentemente por correo a nuestro domicilio de la Mediana de San Pedro para proseguir posteriormente viaje a su Canarias natal.

Yo mostré la mía haciéndome responsable de la identidad que Leocadio no había podido demostrar.

-¿ Vd., de quién coño pretende hacerse responsable con esa pinta?, -me increpó el de la placa con la vista depositada en mi espesa barba.

Casualmente, todo este diálogo tenía ya lugar ante el portal de nuestro propio domicilio hasta donde habíamos llegado por lo que, sacando yo la llave del bolsillo y abriendo con ella la pesada puerta metálica, pudimos demostrar que, efectivamente, vivíamos precisamente allí, que teníamos domicilio fijo.

Entre otras cosas, tuvimos también que demostrar que nos dirigíamos a casa a desacansar trás una dura y larga jornada laboral en el restaurante de la esquina anterior en el que trabajábamos y que ámbos al parecer ya conocían. Pero ello no fue suficiente para convencerles de su error al detenernos hasta que no se me ocurrió la socorrida idea de extraer de mi sobada cartera una nómina salarial del mes anterior que siempre solía llevar encima como última solución a estos posibles casos de incredulidad policial y que tan buenos resultados me diera siempre en el pasado.

La nómina ejerció milagrosamente de efectivo salvoconducto. No solo poseíamos un domicilio fijo sino que además teníamos trabajo.

Finalmente nos perdonaron la vida permitiéndonos entrar en casa. Ellos continuaron su camino, andando por el centro de la calle como al principio hasta perderse entre la espesa penumbra que flotaba sobre la siguiente afilada esquina.


Lo que yo siempre ignoré y así se lo hice saber al ingenuo de Leocadio, es que este estuviera viviendo en Barcelona, en nuestro propio domicilio, sin ningún tipo de documentación que le permitiera identificarse ante las autoridades locales.

sábado, 24 de enero de 2009

LA LUZ MISTERIOSA (Barcelona)

Esta anécdota barcelonesa puede ser perfectamente corroborada por el propio Leocadio y por el mismísimo Luis Espinosa, podólogo radicado en la Villa de la Orotava con quienes compartí piso en la Ciudad Condal hará ahora más de 30 años






...continúa de la entrada anterior


Hacía muy pocos días que habitaba en el diminuto piso que por retrete se entendía aquel hediondo agujero abierto en el suelo pero que, sin embargo, sí que disponía de una habitación principal, relativamente ancha y con vistas a la angosta calle sin aceras que discurría desde Pedro Lastortras hasta prácticamente el paseo del Arco del Triunfo.

Finalizada la media jornada laboral en el restaurante en que trabajaba, aquella tarde de verano, mientras yo descansaba de espaldas, tumbado sobre la cama doble que ocupaba casi toda la superficie de aquella habitación y con la vista fija en el techo a la espera de que sonara el timbre anunciando la visita pactada de Leocadio, caí relajadamente en una apacible y soporifera duermevela que, por desgracia, fue alterada súbitamente por un fenómeno bastante enigmático, paranormal, diría yo por lo inaudito e increíble.

Sofocado bajo la humedad ambiental y envuelto en la penumbra que reinaba por completo en el interior de la habitación, comencé a distinguir a través de los párpados entreabiertos como una azulada bombilla inexplicablemente situada en la parte superior de la puerta de la habitación se encendía y apagaba intermitentemente, misteriosa y lentamente y a intervalos más o menos regulares.

El susto que me produjo fué mayúsculo, máxime tratándose de un viejo piso al que yo, prácticamente, acababa de incorporarme y con el que aún no me había debidamente familiarizado. Creí estar soñando porque cuando desperté del todo de la supuesta pesadilla, el extraño y enigmático fenómeno había dejado repentinamente de producirse como tampoco se produciría la tan esperada visita acordada, de antemano, el día anterior con Leocadio.

Aún asustado, me levanté de un salto, me lavé la cara en el fregadero de la cocina, y salí de inmediato al calor de la calle. En un bar cercano que frecuentábamos a menudo me encontré, con gran sorpresa por mi parte, a Leocadio sentado tranquilamente ante la barra. Casi sin saludarle y alterado aún como estaba por el fenómeno que acababa de presenciar en casa, le recriminé no solo su supuesta conducta irresponsable sino además su falta de palabra para conmigo por no acudir a la cita convenida para hoy a las cuatro a lo que, con la ya tan conocida flema canaria, me respondió que yo debía haberme quedado profundamente dormido, insistiendo en el hecho de la cantidad de veces que se vio obligado a pulsar inutilmente el timbre sin que nadie en absoluto hubiera respondido a sus repetidas e insistentes llamadas, por lo que había tomado entonces la repentina decisión de marcharse rápida y seriamente decepcionado. Ninguno creyó en la versión dada por el otro, pero aún así decidimos acudir, cabizbajos y en silencio, a visitar, como ya habíamos acordado el día anterior, a la propietaria del piso quién a su vez regentaba una lavandería en nuestra misma calle, donde se cuidaba de lavarnos a nosotros también la ropa sucia. Se trataba de pagarle el primer mes por adelantado.

Una vez cobrado el alquiler y con el consiguiente estupor por nuestra parte, fuimos tardíamente advertidos por la lavandera de que los anteriores inquilinos del piso, habían sido una simpática pareja de sordomudos por cuyo motivo, en lugar de emitir un sonido el timbre cuando se pulsaba, se encenderían una serie de bombillas repartidas por cada una de de las habitaciones y cocina, incluyendo el pestilente e infecto mencionado retrete del agujero en el suelo, advirtiendo así de la presencia de una posible visita.

Nuestras dudas quedaron definitivamente despejadas y para celebrar nuestra recién recobrada confianza puesta en entredicho hacia solo un rato, además de la increible anécdota, decidimos entonces regresar de nuevo al bar, zanjar nuestro mutuo malentendido y bebernos a nuestra propia resistente salud un par de cervezas bien fresquitas bajo la sombra de un toldo verde en la terraza.